Iba a coronar con una minita pero el instinto Diamond ganó

Esto me pasó a mis 24 años y todavía me quiero cortar las que no tengo con una cucharita de plástico, rufián. Sentate cómodo y prepará los pochoclos porque hoy te vengo a contar cómo mi cabeza quemada por el anime y mis complejos corporales me costaron la oportunidad de mi vida.

En ese momento, yo era el típico gordo de sistemas que vivía encerrado en su baticueva. Mi pieza era un santuario del budismo otaku: tenía las paredes empapeladas con pósters de Lucky Star y figuritas de K-ON! arriba del monitor. Mi rutina era viciar al Counter-Strike y mirar series de monas chinas mientras comía Pitusas. Para colmo, arrastraba una inseguridad tremenda: un caso severo de pie de atleta. Tenía las patas que eran un mapa de descamación y picazón constante, lo que me hacía andar siempre con medias gruesas para no espantar a la civilización. Mi historial con las mujeres era más virgen que el aceite de oliva.

Todo arrancó un martes de tormenta. Estaba en calzones frente a la PC cuando me llega un WhatsApp. Era Milena, una minita de mi cursada de Análisis Matemático II.

(Pará, acá hago un paréntesis y tiro una verdad obligatoria, lince: Bueno, tan linda no era, no era rubia natural, era pasable... y bueno, sus dientes eran bastante chuecos... bueno, era mas bien robusta como termotanque pero de bolsillo, pero mirá, el punto es tener donde ponerla, ¿entendés?)

Cuestión que la gorda me manda:
"Hola, che, ¿estás? Se me re cortó la luz en el departamento y tengo que entregar el TPN° 4 de integrales dobles y triples mañana sí o sí porque si no quedo libre. ¿Puedo ir a tu casa a terminarlo?"


Maquinola, el corazón se me clavó a 200 pulsaciones por minuto. Tenía exactamente 20 minutos para camuflar mi hábitat antes de que llegara. Activé el modo refachero alfa a contrarreloj: pateé la ropa sucia abajo de la cama y di vuelta el colchón. Intenté tapar las figuras de Konata Izumi y de Yui Hirasawa con unas remeras, pero fue imposible; la habitación seguía pareciendo un local de Akihabara. Me vacié encima medio tubo de Axe y me aseguré de ponerme unas medias limpias para tapar mis pies de atleta mutantes.

Suena el timbre. Abro la puerta y ahí estaba ella: empapada por la lluvia, con el pelo húmedo de dudoso color rubio teñido y sus dientes medio en batalla. Igual, en la desesperación, a mí me pareció un ángel. "Hola, en serio gracias por salvarme, sos un sol", me dijo y me dio un beso en el cachete. Casi me desmayo ahí mismo, lince.

La hice pasar a mi pieza porque era el único lugar con mesa y enchufes. Cuando vio los pósters de K-ON! puso una cara rara, pero no dijo nada. Nos pusimos a resolver esa mierda de las integrales. Pasaron las horas entre gráficos tridimensionales, mates y chistes malos. A eso de las dos de la mañana, terminamos el trabajo.

Ella cerró la notebook, se estiró, me miró fijo a los ojos con una mirada cómplice y me tiró la frase que me iba a perseguir por el resto de mi existencia:

"Ay, qué frío que hace... y ya es supertarde para volverme en colectivo con esta tormenta. ¿No tenés espacio en tu cama?"

Lince, el partido estaba liquidado. Tenía el arco libre y sin arquero. ¿Y sabés qué hizo este virgo de pura cepa? Mi cerebro entró en cortocircuito total. Me agarró una paranoia mística. Pensé en la vergüenza si se me salía una media y el termotanque de bolsillo veía mis pies despellejados por los hongos. Pensé en que me iba a juzgar por dormir rodeado de monas chinas cabezonas. El pánico me dominó, empecé a sudar frío y le clavé la respuesta más nefasta de la historia:

"Eh... mirá, justo hoy me duele un montón la espalda porque dormí mal, y aparte el colchón tiene un resorte roto que te va a re clavar en las costillas. Si querés te armo el sillón del living, tengo una manta de plush re abrigada y vas a estar más cómoda".


La cara de Milena se transformó de golpe. Pasó de la seducción a la decepción absoluta. "Ah... bueno, dale, no pasa nada", me dijo con una voz más fría que el pecho de Higuaín. La mandé al sillón. Me fui a mi pieza, cerré la puerta, me rasqué las patas con culpa y me puse a llorar silenciosamente mientras miraba fotos de Mio Akiyama en el celular.

Al otro día se tomó el colectivo a las 7 de la mañana mientras yo fingía dormir. A partir de ese fatídico día, Milena nunca más me dirigió la palabra ni me vio. Me bloqueó de todos lados. En la facultad, si pasaba por al lado mío, directamente miraba para el otro lado y aceleraba el paso como si yo fuera un espectro. Desapareció por completo de mi vida, lince.

Hoy miro atrás y no lo puedo creer. Esto me pasó a mis 24 años, sigo más invicto que nunca, mis pies de atleta siguen firmes, pero al menos mantuve mi dignidad de Diamond intacta en mi sillón de tres cuerpos.
Dejame +10 si te apiadaste de este pobre otaku, y si no, denunciado maquinola. ¡Buen post
!

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